Benvenuti nel mondo incantato di Storie Sotto Le Stelle!
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e avventure che si muovono nel tempo e nell’immaginazione — e storie che prendono vita là dove l’ordinario incontra lo straordinario.
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Altre vanno più in profondità, pensate anche per chi è cresciuto — ma non ha mai smesso di immaginare.
Ogni racconto è un piccolo universo da esplorare. Apri la mente. Il viaggio comincia.
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Welcome to the enchanted world of Stories Under The Stars
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Join us under the stars, where mysterious storytellers reveal enchanted worlds filled with heroes, curious beings, lost lands, strange encounters,
and adventures that stretch across time and imagination — and stories that unfold where the ordinary meets the extraordinary.
Some stories are light and playful, perfect for a smile and a spark of wonder.
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El Jardín de Boboli al Revés | Escrita por Lucia & Marco Ciappelli (Versión en Español) | Storie Sotto Le Stelle Podcast | Historias Cortas Para Niños y Soñadores de Todas las Edades
Episode 61
Wednesday, April 29, 2026 • Duration 04:05
El Jardín de Boboli al Revés
Historias Bajo las Estrellas — Lucia & Marco Ciappelli
Dentro de los muros de la ciudad de Florencia hay un jardín maravilloso.
Senderos entre el verde bordeados de estanques y fuentes.
Amplias escalinatas que, subidas con los ojos vueltos al cielo, dan la ilusión de poder tocarlo.
Esta es la belleza que todos pueden ver y admirar.
Debajo existe un reino desconocido que solo quien tiene imaginación puede descubrir.
Una suave bajada al lado derecho lleva a la gruta del Buontalenti, desde donde se abre un pasaje subterráneo en profundidad, que conduce a un mundo misterioso.
Las raíces de los árboles del jardín de arriba crecen y brotan reformándose al revés, como a través de un espejo.
Entre las ramas, nidos de peces voladores.
Pájaros que se deslizan sobre el agua lisa entre los nenúfares.
Un peral y un manzano, apoyados en un banco, hablan de todo y de nada, masticando pistachos tostados, mientras las abejas sentadas bajo un emparrado de fresas tocan una suave música jazz perfumada de lavanda.
Salpicaduras de agua, a veces sí a veces no, bañan prados y plantas a la luz del atardecer.
De repente una pequeña cascada, formada por un pequeño río, acelerando se abre.
Al instante un paseo arbolado toma forma en subida, indicando el camino a seguir.
En este reino incontaminado, no controlado por el hombre, nada es imposible.
En lo alto del recorrido, una gran apertura sobre las escalinatas, y el jardín de Boboli reaparece con sus maravillas y su historia.
En lo alto, como si nada, un manto de intenso azul estrellado envuelve Florencia en una cálida noche de verano.
— Escrita por Lucia & Marco Ciappelli
Each story is currently written and narrated in both Italian and English.
The translation from Italian (the original language) to English and the reading of the stories are performed using Generative Artificial Intelligence — which perhaps has a touch of magic... We hope it has done a good job!
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The Upside-Down Garden of Boboli | Written By Lucia & Marco Ciappelli (English Version) | Stories Sotto Le Stelle Podcast | Short Stories For Children And Dreamers Of All Ages
Episode 60
Tuesday, April 28, 2026 • Duration 04:45
The Upside-Down Garden of Boboli
Stories Under the Stars — Lucia & Marco Ciappelli
Within the walls of the city of Florence there is a marvellous garden.
Little pathways through the green, bordered by pools and fountains.
Broad stairways that, climbed with eyes turned to the sky, give the illusion of being able to touch it.
This is the beauty that everyone can see and admire.
Beneath lies an unknown kingdom that only those with imagination can discover.
A gentle slope on the right-hand side leads to the Buontalenti Grotto, from which a deep underground passage opens, leading to a mysterious world.
The roots of the trees from the garden above grow and blossom, reforming upside down, as if through a mirror.
Among the branches, nests of flying fish.
Birds that glide across the smooth water among the water lilies.
A pear tree and an apple tree, leaning against a bench, chat about this and that, nibbling toasted pistachios, while the bees seated beneath a pergola of strawberries play a gentle jazz melody fragrant with lavender.
Sprays of water, now and again, bathe meadows and plants in the light of the setting sun.
Suddenly a little waterfall, fed by a small river, accelerating, opens wide.
In an instant, a tree-lined avenue takes shape, rising upwards, pointing the way to follow.
Il Giardino di Boboli Sotto Sopra | Scritta da Lucia & Marco Ciappelli (Versione in Italiano) | Storie Sotto Le Stelle Podcast | Storie Brevi Per Bambini E Sognatori Di Ogni Età
Episode 59
Tuesday, April 28, 2026 • Duration 05:00
Il Giardino di Boboli Sotto Sopra
Dentro le mura della città di Firenze c'è un meraviglioso giardino.
Vialetti nel verde contornati da vasche e fontane.
Larghe scalinate che salite con gli occhi rivolti al cielo danno l'illusione di poterlo toccare.
Questa è la bellezza che tutti possono vedere ed ammirare.
Al disotto esiste un regno sconosciuto che solo chi ha immaginazione può scoprire.
Una lieve discesa sul lato destro porta alla grotta del Buontalenti, da cui si apre un passaggio sotterraneo in profondità, che conduce ad un mondo misterioso.
Le radici degli alberi del giardino di sopra crescono e germogliano riformandosi alla rovescia, come attraverso uno specchio.
Tra i rami nidi di pesci volanti.
Uccelli che scivolano sull'acqua liscia in mezzo alle ninfee.
Un pero e un melo, appoggiati a una panchina, parlano del più e del meno, sgranocchiando pistacchi tostati.
Mentre le api sedute sotto un pergolato di fragole suonano una leggera musica jazz profumata di lavanda.
Spruzzi di acqua sì e no, bagnavano prati e piante alla luce del tramonto.
Improvvisamente una cascatella di acqua, formata da un piccolo fiume, accelerando si apre.
All'istante un viale alberato prende forma in salita, indicando la strada da seguire.
In questo regno incontaminato, non controllato dall'uomo, niente è impossibile.
Al culmine del percorso, una grande apertura, sopra le scalinate nel giardino di Boboli, che riappare con le sue meraviglie e la sua storia.
In alto un mantello di blu intenso stellato avvolge Firenze in una calda notte estiva.
— Scritta da Lucia & Marco Ciappelli
CRUCERO A MARTE | TRES PATITAS DE VIAJE | Escrita por Lucia & Marco Ciappelli (Versión en Español) | Storie Sotto Le Stelle Podcast | Historias Cortas Para Niños y Soñadores de Todas las Edades
Episode 58
Sunday, February 15, 2026 • Duration 08:21
CRUCERO A MARTE | TRES PATITAS DE VIAJE
Mamá pata tenía dos hijas y le encantaba llevarlas de viaje a lugares lejanos. Las dos patitas tenían pocos amigos, pero salían a pasear muy a menudo. Jugaban en el corral haciendo como si fueran un grupo, e incluso el día de su cumpleaños, se comieron el pastel grande ellas solitas. Como regalo, Mamá decidió llevarlas de crucero a Marte. Organizó el viaje en una nave espacial para turistas, consiguió los billetes para una fiesta marciana intergaláctica, y salida lo antes posible — en menos de lo que se dice "cua cua". Mientras las tres estaban en el patio listas para el viaje, vieron un objeto extraño volando bajo sobre la granja. Al posarse en el suelo, por una escotilla se asomó una pequeña figura cuadrada que dijo: "Disculpe, ¿es usted la que tiene tres billetes para Marte y tres para la fiesta intergaláctica?" Las patitas se miraron asombradas. Nunca habían visto una criatura cuadrada — cabeza cuadrada, ojos cuadrados, hasta la sonrisa parecía cuadrada. "¡Sí, somos nosotras!" respondió Mamá pata. "¡Cua! ¡Cua! ¡Cua!" hicieron las patitas a coro, saltando de emoción. "Por favor, suban a bordo," dijo el marciano con una pequeña reverencia cuadrada. "El viaje a Marte está a punto de comenzar." Y de un salto subieron a la nave espacial, tan curiosas y entusiasmadas por aquella nueva aventura. El extraño vehículo partió veloz como una ráfaga de viento. En el espacio era hora punta. La nave espacial se encontró en una cola, y el marciano-piloto tocó la bocina: "¡Blip, blip!" Se asomó por la ventanilla y refunfuñó: "¡Cada vez es más difícil viajar! Pero mira, hay hasta un planetita juguetón que se ha puesto a girar sobre sí mismo, ¡como si fuera un carrusel! Qué diversión — hazte a un lado, déjame pasar y sigue jugando." Por culpa del atasco cósmico, la nave aterrizó en Marte con un ligero retraso sobre el horario previsto. "¡Qué maravilla!" exclamaron las patitas al ver una nave toda de cristal lista para el crucero, donde fueron invitadas a subir a bordo. Había un gran ajetreo de pequeños marcianos cuadrados. "¡Buenos días, señora pata, póngase cómoda!" decían haciendo una reverencia, mientras las patitas — cua, cua, cua — charlaban y saltaban contentas.De fondo, guitarras cuadradas tocaban Rock interplanetario.Las tres viajeras, con sus caritas pegadas a los cristales, observaban maravilladas el color rojo del planeta.La nave partió lentamente sobre la arena, pero de pronto los motores empezaron a rugir y arriba, hacia la cima de una montaña, y luego abajo sobre las rocas rojas — parecía estar en una montaña rusa, arriba y abajo, arriba y abajo. Luego volvía a posarse y lentamente atravesaba valles inmensos."¡Qué espectáculo tan extraño! ¡Qué vehículo tan raro que viaja sobre rocas y arena!" comentaban las turistas.Pasaron las horas entre maravillas y descubrimientos. El tiempo voló.Llegó la noche. En la nave marciana, Mamá pata y las patitas se presentaron todas elegantes, con lazos y lacitos, a la fiesta de cumpleaños intergaláctica.Los camareros bailaban, ofrecían el brazo a las turistas y servían al ritmo de música Rock. Pequeños marcianos se acercaron a las patitas y, haciéndoles muchos cumplidos, saltando y bailando, jugaron con ellas.La fiesta había comenzado."¡Aquí todo es cuadrado — los vasos, las botellas!" cuchicheaban entre ellas las patas.Los dulces eran salados, los salados eran dulces, el pastel era... bah, bah, ¡pero qué mundo es este!Los globos con "Feliz Cumpleaños" escrito eran — adivinen — cuadrados.La velada llegaba a su fin y fuegos artificiales brillaron en el cielo para celebrar a los turistas... y también eran cuadrados."¡Qué amables y simpáticos estos marcianos!" dijo Mamá pata, y continuó: "A Marte hemos llegado, visto lo hemos visto, divertidas nos hemos divertido. Ahora pensemos en volver a la Tierra."De repente, la voz del comandante de la nave avisó a los pasajeros de la inminente llegada de una nave espacial para el regreso.Las tres patas no esperaban otra cosa. Se despidieron y, a través de un puente de conexión, entraron directamente en la nave. Y abajo, hacia su planeta.Observando la partida de los turistas desde los ventanales de la nave, los marcianos vestidos de camareros lanzaron al espacio decenas de globos de colores.En el universo, bajo un cielo estrellado, los satélites vagaban alrededor de la nave espacial. Venus brillaba a lo lejos y la Luna, cada vez más cerca, sonreía con su cara llena.Al llegar a la Tierra, bajaron al corral las tres felices.Globos cuadrados con "Feliz Cumpleaños" escrito flotaban en el aire.¡Qué sorpresa! Esto es sin duda obra de los marcianos.Y contando por ahí su aventura galáctica, las dos patitas hicieron muchos amigos. Todos querían saber de su viaje a Marte.Nuestro planeta será redondo, será grande, será pequeño, será hermoso, y siempre será nuestro hogar.— Escrita por Lucia & Marco Ciappelli
CRUISE TO MARS | THREE DUCKS ON A JOURNEY | Written By Lucia & Marco Ciappelli (English Version) | Stories Sotto Le Stelle Podcast | Short Stories For Children And Dreamers Of All Ages
Episode 57
Sunday, February 15, 2026 • Duration 08:21
CRUISE TO MARS | THREE DUCKS ON A JOURNEY
Mama duck had two daughters, and she loved taking them on trips to faraway places. The two ducklings had few friends, but they often went out and about. They played in the farmyard pretending to be a group, and even on their birthday, they ate the big cake all by themselves. As a gift, Mama decided to take them on a cruise to Mars. She organized the trip on a spaceship for tourists, got tickets for an intergalactic Martian party, and departure as soon as possible — before you could say "quack quack." While all three of them were in the yard ready for the trip, they saw a strange object flying low over the farm. Landing on the ground, a small square figure appeared at a hatch and said: "Excuse me, are you the ones with three tickets to Mars and three for the intergalactic party?" The ducklings looked at each other in amazement. They had never seen a square creature before — square head, square eyes, even the smile seemed square. "Yes, that's us!" replied Mama duck. "Quack! Quack! Quack!" chimed the ducklings in chorus, hopping with excitement. "Please, come aboard," said the Martian with a little squared bow. "The journey to Mars is about to begin." And in one leap they boarded the spaceship, so curious and excited for this new adventure. The strange vehicle took off as fast as a gust of wind. In space, it was rush hour. The spaceship found itself in a queue, and the Martian pilot honked the horn: "Bleep, bleep!" He leaned out the window and grumbled: "It's getting harder and harder to travel! Look at that, there's even a playful little planet spinning around on itself like it's a carousel! Oh, what fun — move over, let me pass, and keep on playing!" Due to the cosmic traffic jam, the spaceship landed on Mars slightly behind schedule. "How wonderful!" exclaimed the ducklings when they saw a ship made entirely of glass, ready for the cruise, where they were invited to come aboard. There was a great bustle of small square Martians. "Good morning, Mrs. Duck, please make yourself comfortable!" they said with a bow, while the ducklings — quack, quack, quack — chattered and hopped about happily.In the background, square guitars played Interplanetary Rock.The three travelers, with their little faces pressed against the windows, gazed in wonder at the red color of the planet.The ship set off slowly across the sand, but suddenly the engines began to roar and up, toward the top of a mountain, then down over the red rocks — it felt like being on a roller coaster, up and down, up and down. Then it would settle again and slowly cross immense valleys."What a strange sight! What a strange vehicle that travels over rocks and sand!" the tourists commented.The hours passed amid wonders and discoveries. Time flew by.Evening came. On the Martian ship, Mama duck and the ducklings showed up all dressed up, with bows and ribbons, for the intergalactic birthday party.The waiters danced, offered their arms to the tourists, and served to the sound of Rock music. Small Martians approached the ducklings and, showering them with compliments, hopping and dancing, played with them.The party had begun."Everything here is square — the glasses, the bottles!" the ducks whispered to each other.The sweet treats were salty, the salty ones were sweet, the cake was... well, well, what kind of world is this!The balloons with "Happy Birthday" written on them were — guess what — square.The evening was coming to an end and fireworks lit up the sky to celebrate the tourists... and they were square too."How kind and lovely these Martians are!" said Mama duck, and continued: "We made it to Mars, we've seen what there was to see, we've had our fun. Now let's think about going back to Earth."Suddenly, the ship commander's voice announced the imminent arrival of a spaceship for the return trip.The three ducks couldn't wait. They said their goodbyes and, crossing a connecting bridge, stepped directly into the spaceship. And down, toward their planet.Watching the tourists depart through the ship's windows, the Martians in their waiter uniforms launched dozens of colorful balloons into space.In the universe, under a starry sky, satellites wandered around the spaceship. Venus shone in the distance, and the Moon, ever closer, smiled with her full face.Arriving back on Earth, all three stepped down onto the farmyard, happy.Square balloons with "Happy Birthday" written on them floated in the air.What a surprise! This is certainly the work of the Martians.And by telling everyone about their galactic adventure, the two ducklings made lots of friends. Everyone wanted to hear about their trip to Mars.Our planet may be round, may be big, may be small, may be beautiful, and it will always be our home.
Crociera su Marte | Tre Paperelle in Viaggio | Scritta da Lucia & Marco Ciappelli (Versione in Italiano) | Storie Sotto Le Stelle Podcast | Storie Brevi Per Bambini E Sognatori Di Ogni Età
Episode 56
Sunday, February 15, 2026 • Duration 08:10
IN CROCIERA SU MARTE | TRE PAPERELLE IN VIAGGIO
Mamma papera aveva due figlie e con loro amava fare viaggi in posti lontani. Le due paperelle avevano pochi amici, ma andavano spesso in giro. Giocavano nell'aia facendo finta di essere un gruppo e persino il giorno del loro compleanno, la grossa torta se la mangiarono tutta da sole. La mamma per regalo decise di portarle in crociera su Marte. Organizzò il viaggio con una navicella spaziale per turisti, si procurò i biglietti per una festa marziana intergalattica, e partenza prima possibile — in men che non si dica, prima che potessero dire "qua qua". Mentre tutte e tre erano nel cortile pronte per il viaggio, videro uno strano oggetto che volava a bassa quota sopra la fattoria. Posandosi a terra, da uno sportello si affacciò una piccola figura quadrata che disse: "Scusi, è lei in possesso di tre biglietti per Marte e tre per la festa intergalattica?" Le paperelle si guardarono stupite. Non avevano mai visto una creatura quadrata — testa quadrata, occhi quadrati, persino il sorriso sembrava quadrato. "Sì, siamo noi!" rispose mamma papera. "Qua! Qua! Qua!" fecero le paperelle in coro, saltellando dall'emozione. "Prego, salite a bordo," disse il marziano con un piccolo inchino squadrato. "Il viaggio per Marte sta per cominciare." E in un balzo salirono sulla navicella, tanto erano curiose ed entusiaste per quella nuova avventura. Lo strano mezzo di trasporto partì veloce come una folata di vento. Nello spazio era l'ora di punta. L'astronave si ritrovò in coda e il marziano-pilota suonò il clacson: "Blip, blip!" Si affacciò al finestrino e borbottò: "Sempre più difficile viaggiare! Ma guarda, c'è pure un pianetino giocherellone che si è messo a girare su se stesso, neanche fosse una giostra! Oh che bel divertimento — vai più in là, fammi passare e continua a giocare!" Causa ingorgo cosmico, l'astronave atterrò su Marte con un leggero ritardo sulla tabella di marcia. "Che meraviglia!" esclamarono le paperelle nel vedere una nave tutta di vetro pronta per la crociera, dove furono invitate a salire a bordo. C'era un gran movimento di piccoli marziani quadrati."Buongiorno, signora papera, si accomodi!" dicevano facendo un inchino, mentre le paperelle — qua, qua, qua — chiacchieravano e saltellavano contente.In sottofondo, chitarre quadrate suonavano un Rock interplanetario.Le tre viaggiatrici, con la faccina appiccicata ai vetri, osservavano stupite il colore rosso del pianeta.La nave partì lentamente sulla sabbia, ma a un tratto i motori cominciarono a rombare e su, verso la cima di una montagna, e poi giù sulle rocce rosse — sembrava di stare su un ottovolante, su e giù, su e giù. Poi di nuovo si posava e lentamente attraversava vallate immense."Che strano spettacolo! Che strano mezzo di trasporto che viaggia sulle rocce e sulla sabbia!" commentavano le turiste.Passarono le ore tra meraviglie e scoperte. Il tempo volò.Arrivò la sera. Sulla nave marziana, mamma papera e le paperelle si presentarono tutte in ghingheri, con fiocchi e fiocchetti, alla festa di compleanno intergalattica.I camerieri danzavano, davano il braccio alle turiste e servivano al suono di una musica Rock. Piccoli marziani si avvicinarono alle paperelle e, facendo loro un sacco di complimenti, saltellando e ballando, giocarono con loro.La festa era iniziata."Qui è tutto quadrato — i bicchieri, le bottiglie!" parlottavano fra di loro le papere.I dolcetti erano salati, i salati erano dolci, la torta era... bah, bah, ma che mondo è questo qua!I palloncini con la scritta "Buon Compleanno" erano — provate a indovinare — quadrati.La serata era al termine e fuochi d'artificio brillarono nel cielo per festeggiare i turisti... ed erano quadrati anche quelli."Ma che bravi e gentili questi marziani!" disse mamma papera, e continuò: "Su Marte ci siamo arrivate, visto lo abbiamo visto, divertite ci siamo divertite. Ora pensiamo a ritornare sulla Terra."A un tratto, la voce del comandante della nave avvisò i passeggeri dell'imminente arrivo di una navicella spaziale per il ritorno.Le tre papere non aspettavano altro. Salutarono e, attraverso un ponte di collegamento, entrarono direttamente nella navicella. E giù, verso il loro pianeta.Osservando la partenza dei turisti dalle vetrate della nave, i marziani in abito da camerieri lanciarono nello spazio decine di palloncini colorati.Nell'universo, sotto un cielo stellato, i satelliti girovagavano intorno alla navicella spaziale. Venere risplendeva in lontananza e la Luna, sempre più vicina, sorrideva con la sua faccia piena.Arrivate sulla Terra, scesero sull'aia tutte e tre felici.Palloncini quadrati con la scritta "Buon Compleanno" volavano in aria.Che sorpresa! Questa è certamente opera dei marziani.E raccontando in giro della loro avventura galattica, le due paperelle si fecero tanti amici. Tutti volevano sapere del loro viaggio su Marte.Il nostro pianeta sarà tondo, sarà grande, sarà piccolo, sarà bello, e sarà sempre casa nostra.
La Gata Giannina | Escrita por Lucia & Marco Ciappelli (Versión en Español) | Storie Sotto Le Stelle Podcast | Historias Cortas Para Niños y Soñadores de Todas las Edades
Episode 55
Sunday, January 18, 2026 • Duration 11:21
La Gata Giannina
La gata Giannina vivía en una casa con jardín. El muro del jardín colindaba con un parque donde los niños se reunían para jugar. El pueblo era pequeño pero encantador — desde los alféizares de las casas, macetas de geranios y petunias descendían como cascadas de colores.
Su dueña, la Señora Mafalda, la llevaba a menudo a pasear por el centro del pueblo. Todos los niños la conocían, y en cuanto la veían, corrían a su encuentro para hacerle fiestas sin parar.
Giannina era muy juguetona. Durante el día se divertía persiguiendo lagartijas, cazando insectos, mariposas y todo lo que se moviera. Para descansar se tumbaba al sol sobre las piedras calientes y luego iba a refrescarse entre la hierba. En el jardín, entre el granado, el limonero y el olivo de hojas plateadas, ella y Mafalda pasaban las tardes jugando juntas.
Pero un día, Mafalda empezó a notar algo extraño. Giannina saltaba para cazar, pero fallaba la puntería y acababa entre los rosales. "¡Ay, ay, ay! ¡Me he pinchado y mi cola está enredada en las ramas!" maullaba. Esquivaba por milagro los árboles donde antes subía con total seguridad. Llegaba a los cuencos del agua y la comida con paso inseguro.
Preocupada, Mafalda la llevó al Veterinario.
Después de escuchar las extrañas aventuras de la gatita, el Doctor sonrió y con aire sabio dio su diagnóstico: "Esta gatita no ve bien. Necesita gafas."
Dicho y hecho — en un abrir y cerrar de ojos, el veterinario buscó en una vitrina llena de monturas para mascotas y, al encontrar la perfecta, exclamó: "¡Aquí tenemos unas gafas dignas de una señora elegante!"
En cuanto se las colocaron en su simpático hociquito, la gata miró a su alrededor maravillada. ¡Veía todo mucho más claro! Se frotó contra las piernas del Veterinario y saltó a los brazos de Mafalda como para darle las gracias.
El Doctor, conmovido por su dulzura, le hizo un regalo especial: una cadenita dorada con una pequeña perla en el centro que brillaba con luz propia. Susurrando, le dijo: "Si cierras los ojos y tocas esta perla con tu naricita, obtendrás poderes mágicos que solo tú tendrás. Servirán para ayudar a los demás."
Giannina The Cat | Written By Lucia & Marco Ciappelli (English Version) | Stories Sotto Le Stelle Podcast | Short Stories For Children And Dreamers Of All Ages
Episode 54
Sunday, January 18, 2026 • Duration 10:15
Giannina the Cat
Giannina the cat lived in a house with a garden. The garden wall bordered a park where children gathered to play. The town was small but charming — from the windowsills of the houses, pots of geraniums and petunias tumbled down like colorful cascades.
Her owner, Signora Mafalda, often took her around the town center. All the children knew her, and whenever they spotted her, they would run over and shower her with affection.
Giannina was quite the little rascal. During the day she loved chasing lizards, hunting insects, butterflies, and anything that moved. To rest, she would stretch out in the sun on the warm stones, then cool off among the blades of grass. In the garden, among the pomegranate tree, the lemon tree, and the olive with its silvery leaves, she and Mafalda spent their afternoons playing together.
But one day, Mafalda began to notice something strange. Giannina would leap to catch her prey, but she kept missing and ending up in the rose bushes. "Ow, ow, ow! I've pricked myself and my tail is tangled in the branches!" she meowed. She barely managed to dodge trees she used to climb with ease. She reached her food and water bowls with an uncertain gait.
Worried, Mafalda took her to the Veterinarian.
After listening to the little cat's strange adventures, the Doctor smiled and delivered his verdict with a wise air: "This little kitty can't see well. She needs glasses."
No sooner said than done — in the blink of an eye, the veterinarian searched through a display case full of frames for pets and, finding the perfect one, exclaimed: "Here we are — a pair of glasses fit for an elegant lady!"
As soon as they were placed on Giannina's sweet little snout, the cat looked around in wonder. She could see everything so clearly! She rubbed against the Veterinarian's legs and leaped into Mafalda's arms as if to thank her.
The Doctor, touched by her sweetness, gave her a special gift: a golden chain with a small pearl at its center that glowed with its own light. Whispering, he told her: "If you close your eyes and touch this pearl with your little nose, you will gain magical powers that only you will have. They will help you help others."
La Gatta Giannina | Scritta da Lucia & Marco Ciappelli (Versione in Italiano) | Storie Sotto Le Stelle Podcast | Storie Brevi Per Bambini E Sognatori Di Ogni Età
Episode 53
Sunday, January 18, 2026 • Duration 11:26
La Gatta Giannina
La gatta Giannina viveva in una casa con il giardino. Il muro di cinta confinava da un lato con un parco dove i bambini si ritrovavano per giocare. Il paese era piccolo ma grazioso — dai davanzali delle case, vasi di gerani e di petunie scendevano come cascate colorate.
La sua padrona, la Signora Mafalda, la portava spesso in giro per il centro abitato. Tutti i bambini la conoscevano e appena la vedevano le correvano incontro facendole feste a non finire.
Giannina era una grande giocherellona. Durante la giornata si divertiva a rincorrere lucertole, cacciare insetti, farfalle e tutto ciò che si muoveva. Per riposarsi si sdraiava al sole sulle pietre calde e poi andava a rinfrescarsi tra i fili d'erba. Nel giardino, tra il melograno, il limone e l'ulivo dalle foglie argentate, lei e Mafalda passavano i pomeriggi a giocare insieme.
Ma un giorno Mafalda iniziò a notare qualcosa di strano. Giannina saltava per cacciare, ma sbagliava la mira e finiva tra i cespugli di rose. "Ohi, ohi, ohi! Mi sono bucata e la mia coda è impigliata fra i rami!" miagolava. Scansava per miracolo gli alberi dove prima saliva con sicurezza. Raggiungeva le ciotole dell'acqua e del cibo con andatura incerta.
Preoccupata, Mafalda la portò dal Veterinario.
Dopo aver ascoltato le strane avventure della micina, il Dottore sorrise e con aria saggia diede la sua sentenza: "Questa gattina non ci vede bene. Ha bisogno degli occhiali."
Detto fatto, in quattro e quattr'otto il veterinario cercò in una vetrina piena di montature per animali domestici e, trovata quella perfetta, esclamò: "Ecco qua un paio di occhiali da signora elegante!"
Appena poggiati sul musetto simpatico di Giannina, la gatta si guardò intorno meravigliata. Vedeva tutto più chiaro! Si strofinò alle gambe del Veterinario e saltò fra le braccia di Mafalda come per ringraziarla.
Il Dottore, colpito dalla sua dolcezza, le fece un regalo speciale: una catenella dorata con al centro una piccola perla che brillava di luce propria. Sussurrando, le disse: "Se chiudi gli occhi e sfiori questa perla con il nasino, entrerai in possesso di poteri magici che solo tu avrai. Serviranno per aiutare gli altri."
La Biblioteca Secreta de Leopoldo | Escrita por Marco Ciappelli (Versión en Español) | Storie Sotto Le Stelle Podcast | Historias Cortas Para Niños y Soñadores de Todas las Edades
Episode 52
Monday, January 12, 2026 • Duration 14:26
LA BIBLIOTECA SECRETA DE LEOPOLDO
Hay gente extraña —
les gusta pasar las noches leyendo libros.
Otros son aún más extraños —
creen en la magia que se esconde entre las páginas,
en aventuras fantásticas,
en historias de amores imposibles,
en fantasmas que caminan entre los vivos,
y piensan que todo lo que no existe —
quizás sí existe.
En fin, esta historia es para los que son un poco extraños,
como tú y como yo —ya sabes, para los que.
Entonces… escucha.
Si desde el centro del pueblo tomas el camino hacia el monte,
encontrarás una villa vieja y noble,
que lleva ahí mucho tiempo.
Serán unos 350 años
que está ahí en silencio,
observando y respirando despacio
bajo el cielo toscano.
Salones enormes llenos de historia,
pasillos sin fin,
y ventanas grandes como sueños —
pero ahora, en lugar de platos y figuritas de porcelana,
nos regala historias en papel para quien quiera leerlas.
Sí, ahora es la biblioteca del pueblo —
un poco apartada, pero tan hermosa.
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In this unspoilt kingdom, untouched by human hands, nothing is impossible.
At the top of the path, a great opening above the stairways in the garden of Boboli, which reappears with all its wonders and its history.
High above, as if nothing were the matter, a mantle of deep starlit blue enfolds Florence in a warm summer night.
— Written by Lucia & Marco Ciappelli
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— Written by Lucia & Marco Ciappelli
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— Scritta da Lucia & Marco Ciappelli
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Giannina pensó que quizás aquel Veterinario también era un Mago, pero no le dijo nada a Mafalda. Era un secreto entre ella y el extraño Doctor.
De camino a casa, la gente se giraba para mirarla pensando: esa gata parece misteriosa, hay algo que destella a su alrededor.
En casa, el primer deseo de Giannina fue subirse a una silla y ponerse a mirar por la ventana. Las flores brillaban en sus colores y hasta la hierba era de un verde reluciente, como cubierta de rocío. Sonreía más feliz que nunca.
Mafalda, compartiendo su alegría, decidió llevarla al parque.
Llegaron en un instante. Las ardillas correteaban por los árboles, los pajaritos volaban cantando de rama en rama. Pequeños animales aparecían por todas partes y los niños los seguían curiosos — corrían con las lagartijas, saltaban con las mariposas que danzaban en el aire, mientras las rojas mariquitas se posaban en su piel como amuletos de buena suerte.
Después de carreras, resbalones y corros, los niños se sentaron en el césped para merendar. De sus mochilas de colores salieron aperitivos deliciosos.
Fue entonces cuando llegaron.
"¡Vriiip! ¡Vriiip! ¡Vriiip!"
A toda velocidad, un pelotón de hormigas pasó zumbando en minimotos rugientes. Llevaban pequeños cascos brillantes en la cabeza, gafitas redondas en los ojos y botitas diminutas en las patitas. Frenaron en seco delante de los niños, levantando nubecitas de polvo.
"¡Paso! ¡Nosotras también estamos aquí!" gritó la hormiga jefa, levantando la visera del casco. "¿Podemos recoger las migas?"
Los niños se rieron a carcajadas. "¡Sí, sí! ¡Comed todas las migas que queráis!"
Las hormigas aparcaron las minimotos en fila ordenada, se quitaron los cascos con gestos teatrales, y se pusieron a trabajar transportando migas del doble de su tamaño, cantando una cancioncilla de marcha.
En esta atmósfera alegre, Giannina y Mafalda paseaban por los senderos. Y de repente, a su paso, los árboles inclinaron sus ramas en una reverencia y las hojas susurraron en señal de saludo. Las rosas en los parterres abrieron sus pétalos y comenzaron a cantar. Las lagartijas golpearon sus colas contra el suelo como si fuera un tambor: "¡Rattatatá! ¡Rattatatá!" Y los ciempiés se pusieron a bailar claqué al ritmo alegre.
"¡Cielos, qué gran alboroto!" exclamó Giannina, que empezaba a sentir un aura misteriosa a su alrededor.
No pudo evitar pensar en el Veterinario Mago. ¿Cuáles podrían ser los poderes mágicos que poseía? ¿Y qué pasaría si tocaba la perla con su naricita?
Se lo dijo a Mafalda, que llevaba un libro de cuentos bajo el brazo. Se miraron y, entendiéndose al vuelo, aprovecharon la ocasión.
Giannina reunió a los niños en un corro. Algunos llegaron rápidamente, otros más tímidos se unieron con calma. También las hormigas, con la panza llena, se pusieron de nuevo los minicascos, dieron una última vuelta rugiente en las minimotos, luego bajaron y se acercaron al grupo.
Era el momento adecuado.
Giannina cerró los ojos y tocó la perla mágica con su naricita. Una chispa dorada brilló en el aire. Tomó el libro de las manos de Mafalda, lo abrió, y eligió el cuento que parecía esperarla, reluciendo entre las páginas.
Con voz dulce, comenzó a leer.
"Había una vez un conejito que vivía en el bosque. Tropezaba con las raíces de los árboles y las piedrecitas. En la escuela se equivocaba al leer las letras y los números, así que ya no quería ir. Cuando la maestra veía sus dibujos le decía: '¡Muy bien!' Lo mismo decían su mamá y su papá: '¡Muy bien!' Pero a él los colores le parecían desvaídos. La verdad era que no veía bien, pero en lugar de decirlo, se escapaba y se escondía en una madriguera bajo un árbol parlante. Y el árbol, con el susurro de sus hojas, le contó un secreto: habla con tus padres. Así lo hizo, y ellos le ayudaron a ponerse gafas. Y el mundo volvió a ser hermoso."
Giannina cerró el libro. Lo había comprendido: con la perla mágica podía leer en el corazón de los niños, descubriendo emociones y secretos que esperaban salir a la luz.
"¿Sabéis?" dijo a sus pequeños oyentes, "yo también hace poco no veía bien. Pero me puse estas gafas y ¡puf! El mundo se volvió más claro y más hermoso."
Un niño se le acercó, casi avergonzado, y le susurró al oído: "Quizás yo también las necesito, como tú."
Giannina lo acarició dulcemente. "Te he ayudado a abrir tu corazón. Ahora habla con tus padres, y todo se resolverá."
Fue entonces cuando un conejito apareció de repente entre los arbustos. Se acercó a Giannina, la abrazó y le dijo: "¡Eres mágicamente mágica!"
Y — no lo creeríais — aquel conejito llevaba un bonito par de gafitas de colores.
Desde aquel día, Giannina tomó de la patita a los niños del pueblo, enseñándoles a creer en sí mismos y a tener confianza. Se convirtió en la mascota con las gafas mágicas, y todos querían llevarlas como ella.
Pero la verdadera maravilla era cómo veía ahora el mundo desde la ventana: más luminoso, más colorido, más vivo. Y cada noche, antes de dormirse, tocaba la perla con su naricita y sonreía, sabiendo que al día siguiente ayudaría a alguien más a ver el mundo con ojos nuevos.
Casi parecía haber sido un sueño. Pero ya se sabe, la realidad y la fantasía a menudo caminan de la mano.
— Escrita por Lucia & Marco Ciappelli
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Giannina thought that perhaps this Veterinarian was also a Wizard, but she said nothing to Mafalda. It was a secret between her and the strange Doctor.
On the way home, people turned to look at her, thinking: that cat seems mysterious — there's something glimmering around her.
At home, Giannina's first wish was to climb onto a chair and gaze out the window. The flowers shone in their colors, and even the grass was a brilliant green, as if covered in dew. She smiled, happier than ever.
Mafalda, sharing in her joy, decided to take her to the park.
They arrived in no time. Squirrels scampered through the trees, birds sang as they flew from branch to branch. Small creatures popped out everywhere, and the children followed them with curiosity — they ran alongside the lizards, leaped with the butterflies dancing in the air, while red ladybugs landed on their skin like good luck charms.
After chases, slides, and ring-around-the-rosy, the children sat down on the grass for their snack. From their colorful backpacks came tasty treats.
That's when they arrived.
"Vriiip! Vriiip! Vriiip!"
At full speed, a platoon of ants zoomed in on rumbling mini-motorcycles. They wore shiny little helmets on their heads, round goggles over their eyes, and tiny boots on their feet. They braked sharply in front of the children, raising little clouds of dust.
"Make way! We're here too!" shouted the lead ant, lifting her visor. "Can we collect the crumbs?"
The children burst out laughing. "Yes, yes! Munch all the crumbs you want!"
The ants parked their mini-motorcycles in a neat row, removed their helmets with theatrical gestures, and got to work carrying crumbs twice their size, singing a little marching song.
In this joyful atmosphere, Giannina and Mafalda strolled along the pathways. And suddenly, as they passed, the trees bent their branches in a bow and their leaves rustled in greeting. The roses in the flower beds opened their petals and began to sing. The lizards beat their tails on the ground like drums: "Rattatatà! Rattatatà!" And the millipedes started tap dancing to the lively rhythm.
"Oh my, what a wonderful commotion!" exclaimed Giannina, who was beginning to feel a mysterious aura around her.
She couldn't help but think of the Wizard Veterinarian. What could these magical powers be? And what would happen if she touched the pearl with her little nose?
She told Mafalda, who was carrying a book of fairy tales under her arm. They looked at each other and, understanding instantly, seized the moment.
Giannina gathered the children in a circle. Some came quickly, others more shy joined in slowly. The ants too, their bellies full, put on their mini helmets again, did one last rumbling lap on their motorcycles, then climbed off and approached the group.
It was the right moment.
Giannina closed her eyes and touched the magic pearl with her little nose. A golden spark flashed in the air. She took the book from Mafalda's hands, opened it, and chose the tale that seemed to be waiting for her, glowing among the pages.
In a gentle voice, she began to read.
"Once upon a time, there was a little rabbit who lived in the woods. He kept tripping over tree roots and pebbles. At school, he made mistakes reading letters and numbers, so he didn't want to go anymore. When the teacher saw his drawings, she said: 'Well done!' His mom and dad said the same: 'Well done!' But to him, the colors seemed faded. The truth was, he couldn't see well, but instead of saying so, he would run away and hide in a burrow beneath a talking tree. And the tree, with the rustle of its leaves, whispered a secret: talk to your parents. So he did, and they helped him get glasses. And the world became beautiful again."
Giannina closed the book. She understood: with the magic pearl, she could read the hearts of children, discovering emotions and secrets waiting to be brought to light.
"You know," she said to her little listeners, "not long ago, I couldn't see well either. But I put on these glasses and poof! The world became clearer and more beautiful."
A boy approached her, almost embarrassed, and whispered in her ear: "Maybe I need them too, like you."
Giannina gently stroked him. "I helped you open your heart. Now talk to your parents, and everything will be fine."
Just then, a little rabbit appeared suddenly from the bushes. He came up to Giannina, hugged her, and said: "You are magically magical!"
And — you won't believe it — that little rabbit was wearing a lovely pair of colorful glasses.
From that day on, Giannina took the children of the town by the paw, teaching them to believe in themselves and to have confidence. She became the mascot with the magic glasses, and everyone wanted to wear them just like her.
But the true wonder was how she now saw the world from her window: brighter, more colorful, more alive. And every evening, before falling asleep, she would touch the pearl with her little nose and smile, knowing that the next day she would help someone else see the world with new eyes.
It almost seemed like it had been a dream. But as we know, reality and fantasy often walk hand in hand.
— Written by Lucia & Marco Ciappelli
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Giannina pensò che forse quel Veterinario era anche un Mago, ma non disse niente a Mafalda. Era un segreto fra lei e lo strano Dottore.
Sulla strada di ritorno, qualcuno si girava a guardarla pensando: quella gatta sembra misteriosa, c'è qualcosa che luccica intorno a lei.
A casa, il primo desiderio di Giannina fu di salire su una sedia e mettersi a guardare dalla finestra. I fiori brillavano nei loro colori e perfino l'erba era di un verde lucente come coperta di rugiada. Sorrideva felice come non mai.
Mafalda, partecipe della sua gioia, decise di portarla al parco.
Arrivarono in un baleno. Gli scoiattoli sgambettavano sugli alberi, gli uccellini cantando volavano da un ramo all'altro. Piccoli animali sbucavano da ogni parte e i bambini li seguivano curiosi — correvano con le lucertole, saltavano con le farfalle che danzavano nell'aria, mentre le rosse coccinelle si posavano sulla loro pelle come portafortuna.
Dopo rincorse, scivolate e girotondi, i bambini si sedettero sul prato per la merenda. Dagli zainetti colorati uscirono spuntini appetitosi.
Fu allora che arrivarono.
"Vriiip! Vriiip! Vriiip!"
A tutta birra, un plotone di formiche sfrecciava su micromoto rombanti. Portavano mini caschi lucidi in testa, occhialini tondi sugli occhi e stivaletti minuscoli alle zampette. Frenarono di colpo davanti ai bambini, sollevando nuvolette di polvere.
"Pista! Ci siamo anche noi!" gridò la formica capo, alzando la visiera del casco. "Possiamo raccogliere le briciole?"
I bambini risero a crepapelle. "Sì, sì! Sgranocchiate quante briciole volete!"
Le formiche parcheggiarono le micromoto in fila ordinata, si tolsero i caschi con gesti teatrali, e si misero al lavoro trasportando briciole grandi il doppio di loro, cantando una canzoncina di marcia.
In questa atmosfera gioiosa, Giannina e Mafalda camminavano sui vialetti. E improvvisamente, al loro passaggio, gli alberi piegarono i rami come in un inchino e le foglie frusciarono in segno di saluto. Le rose nelle aiuole schiusero le loro corolle e iniziarono a cantare. Le lucertole batterono le code sul terreno come su un tamburo: "Rattatatà! Rattatatà!" E i millepiedi si misero a ballare il tip tap al ritmo allegro.
"Oh cielo, questa è una grande baraonda!" esclamò Giannina, che iniziava a sentire un'aura misteriosa intorno a sé.
Non poté fare a meno di pensare al Veterinario Mago. Quali potevano essere i poteri magici di cui era in possesso? E cosa sarebbe successo toccando la perla con il nasino?
Lo disse a Mafalda, che portava un libro di favole sotto il braccio. Si guardarono e, capendosi al volo, presero la palla al balzo.
Giannina riunì i bambini in un girotondo. Alcuni arrivarono velocemente, altri più timidi si unirono con calma. Anche le formiche, con la pancia piena, indossarono di nuovo i mini caschi, fecero un ultimo giro rombante sulle micromoto, poi scesero e si avvicinarono al gruppo.
Era il momento giusto.
Giannina chiuse gli occhi e sfiorò la perla magica con il nasino. Una scintilla dorata brillò nell'aria. Prese il libro dalle mani di Mafalda, lo aprì, e scelse la favola che sembrava attenderla, luccicando tra le pagine.
Con voce dolce, iniziò a leggere.
"C'era una volta un coniglietto che viveva nel bosco. Inciampava nelle radici sporgenti degli alberi e nei sassolini. A scuola sbagliava a leggere le lettere e i numeri, così non voleva più andarci. Quando la maestra vedeva i suoi disegni gli diceva: 'Bravo!' Lo stesso facevano la mamma e il babbo: 'Bravo!' Ma a lui i colori sembravano sbiaditi. La verità era che non ci vedeva bene, ma invece di dirlo, scappava via e si nascondeva in una tana sotto un albero parlante. E l'albero, con il fruscio delle foglie, gli sussurrò un segreto: parla con i tuoi genitori. Così fece, e loro lo aiutarono a mettersi gli occhiali. E il mondo tornò bellissimo."
Giannina chiuse il libro. Aveva capito: con la perla magica poteva leggere nel cuore dei bambini, scoprendo emozioni e segreti da portare alla luce.
"Sapete," disse ai piccoli ascoltatori, "anch'io fino a poco tempo fa non ci vedevo bene. Ma ho messo questi occhiali e puff! Il mondo è diventato più chiaro e bellissimo."
Un bambino le si avvicinò, quasi vergognandosi, e le sussurrò all'orecchio: "Forse anch'io ne ho bisogno, come te."
Giannina lo accarezzò dolcemente. "Io ti ho aiutato ad aprire il tuo cuore. Ora parla con i tuoi genitori, e tutto sarà risolto."
Fu allora che un coniglietto apparve all'improvviso tra i cespugli. Si avvicinò a Giannina, la abbracciò e le disse: "Tu sei magicamente magica!"
E — non ci credereste — quel coniglietto portava un bel paio di occhialini colorati.
Da quel giorno Giannina prese per mano i bambini del paese, insegnando loro a credere in se stessi e ad avere fiducia. Diventò la mascotte con gli occhiali magici, e tutti volevano indossarli come lei.
Ma la vera meraviglia era come ora vedeva il mondo dalla finestra: più luminoso, più colorato, più vivo. E ogni sera, prima di addormentarsi, sfiorava la perla con il nasino e sorrideva, sapendo che il giorno dopo avrebbe aiutato qualcun altro a vedere il mondo con occhi nuovi.
Sembrava quasi fosse stato un sogno. Ma si sa, realtà e fantasia si prendono spesso per mano.
— Scritta da Lucia & Marco Ciappelli
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Bueno, no se puede tener todo.
Pues bien, sucedió que,
en una noche de verano,
envuelta en un manto de estrellas
y la luz suave de faroles delicados,
la villa se había llenado de voces, música, sonrisas,
y tantas historias contadas y escuchadas,
en voz alta o susurradas,
que se entrelazaban en el abrazo de la fiesta.Sin duda una noche ya especial,
pero presta atención,
porque algo aún más inusual estaba por suceder.
Sí, porque Elisa también estaba allí.
Ojos grandes como el cielo,
cabello oscuro como la noche,
y un libro en la mano — como siempre.
A pesar de todo lo que pasaba a su alrededor,
Elisa prefería leer.
Estaba allí, en el pasillo principal:
entre el jardín y el patio interior,
a medio camino entre lo seguro y el quizás,
sentada en un sillón un poco grande para ella,
sumergida en una historia misteriosa y cautivadora —
en un mundo todo suyo.
Pasa una página, luego otra,
se acomoda los lentes amarillos,
y pasa otra página…
Cuando lentamente
el eco de una música de piano
llegó a sus oídos.
No le prestó mucha atención.
Creyendo que venía del patio,
pasó otra página — y luego otra.Pero pronto se dio cuenta
de que las notas que escuchaba
no venían del patio de la villa,
sino de uno de sus pasillos —
traídas por una brisa suave,
desde lugares lejanos y sin tiempo.
Sin pensarlo mucho,
Elisa se levantó en silencio,
se puso el libro bajo el brazo,
y siguió la música.
Atravesó antiguos pasillos
y salas con estantes llenos de libros
de todos los tamaños y colores imaginables —
arcoíris de pensamientos y palabras en fila
que parecían no terminar nunca.
Mientras la música se hacía más fuerte,
la luz disminuía,
las salas que atravesaba
comenzaban a parecer olvidadas,
las escaleras de piedra que subía y bajaba
gastadas por el tiempo,
los pasillos laterales eran ahora pasajes oscuros
iluminados solo por antorchas en las paredes,
que aparecían y desaparecían en la oscuridad
como respiraciones.Una escalera,
una puerta de madera entreabierta,
otro pasaje,
otra escalera,
y más salas y estantes y libros sin fin.
Luego, de pronto,
una neblina cubrió el suelo
como una marea gentil,
y frente a ella una gran cortina pesada —
entreabierta.
Se veía un poco de luz
y unas pequeñas escaleras de madera.
Las subió, esas pequeñas escaleras,
y la música la envolvió como un abrazo.
En el escenario, velas flotaban en el aire
como luciérnagas en una noche sin tiempo.
Y allí, en el centro,
sentado frente a un piano pequeñito,
había un ratón.
Pero no un ratón cualquiera.
Leopoldo llevaba una chaqueta de tweed verde oscuro,
pantalones marrones planchados con cuidado,
y en su hociquito, unos lentes dorados
que brillaban con una sabiduría antigua y gentil.Sus dedos danzaban sobre las teclas
como si estuvieran contando un secreto.
«Bienvenida, Elisa», dijo, sin dejar de tocar.
«Te estaba esperando.»
Elisa parpadeó, encantada.
«¿Cómo sabes mi nombre?»
«Ah», sonrió Leopoldo, dejando que la última nota
se apagara suavemente en el aire,
«quien ama las historias siempre reconoce a quien las busca.»
Se levantó, se ajustó la chaqueta con un gesto elegante,
y la miró con ojos llenos de estrellas.
«¿Sabes dónde estás?»
«En la biblioteca del pueblo», respondió Elisa,
pero su voz temblaba un poco,
como si supiera que la respuesta era otra.
«Esa la conocen todos», dijo Leopoldo,
bajando despacio del escenario.
«Cada pueblo tiene una que todos conocen.
Pero cada pueblo también tiene otra —
una que casi nadie encuentra.»
Hizo una pausa, los ojos brillando.
«Tú has encontrado la segunda.»• • •
Leopoldo la guió hacia una gran puerta de madera
que Elisa habría jurado que no estaba ahí un momento antes.
Se abrió lentamente, sin ruido,
como un suspiro contenido demasiado tiempo.
Y lo que vio le quitó el aliento.
Estantes infinitos trepaban hacia arriba,
descendían hacia abajo,
se extendían en todas direcciones
como espirales de galaxias hechas de papel y sueños.
Velas flotaban por todas partes,
iluminando libros que parecían respirar,
latir despacio,
como corazones dormidos.
«¿Qué lugar es este?», susurró Elisa.
«Esta», dijo Leopoldo caminando entre los estantes,
«es la biblioteca de los libros nunca escritos.»
Elisa lo siguió, confundida.
«¿Libros nunca escritos? ¿Pero cómo pueden existir?»
Leopoldo se detuvo, se volvió,
y la miró con dulzura infinita.
«Cada historia soñada existe, Elisa.
Cada aventura imaginada antes de dormir.Cada cuento pensado pero nunca puesto en papel.
Todos viven aquí,
en la frontera entre el mundo y el sueño,
esperando.»
• • •
Se detuvieron frente a un estante.
Leopoldo señaló un libro pequeño,
encuadernado en azul como un cielo de verano.
«Tócalo», dijo suavemente.
Elisa extendió la mano, vacilante,
y rozó la portada.
Un calor gentil le atravesó los dedos.
Y por un instante — solo un instante —
escuchó la risa de un niño,
vio un dragón hecho de nubes,
y un castillo construido con almohadas y mantas.
«Este», dijo Leopoldo,
«era el sueño de un niño de seis años.
Una historia que le contaba cada noche a su osito de peluche.
Nunca la escribió.
Pero existe. ¿Ves? Existe.»
Elisa sonrió, el corazón ligero.• • •
Caminaron más,
por pasillos de historias silenciosas,
hasta que Leopoldo se detuvo frente a otro libro.
Este era diferente.
Más grande, encuadernado en cuero oscuro,
con letras doradas que parecían temblar.
«¿Y este?», preguntó Elisa, bajito.
«Este», dijo Leopoldo,
y su voz se hizo suave como una caricia,
«pertenecía a una abuela.»
Elisa lo tocó.
Y sintió algo diferente.
No una risa, esta vez.
Sino una voz cálida, lejana,
que contaba de una niña valiente
que atravesaba un bosque encantado
para llevar la luz a un pueblo olvidado.
«Era la historia que quería dejarles a sus nietos»,
explicó Leopoldo.
«Pero el tiempo… el tiempo a veces corre más rápido que los sueños.
No le alcanzó el tiempo para escribirla.»
Elisa sintió que le ardían los ojos.«Pero está aquí», susurró.
«Está aquí», confirmó Leopoldo.
«Para siempre.»
• • •
Siguieron caminando, en silencio,
hasta que llegaron a un estante diferente a los demás.
Estaba casi vacío.
Solo unos pocos libros, espaciados,
y tantos espacios abiertos, esperando.
En el centro, un libro sin título.
La portada era blanca, limpia,
como nieve recién caída,
como una página esperando su primera marca.
«¿Puedo?», preguntó Elisa.
Leopoldo asintió.
Lo tocó.
Nada.
Ningún calor. Ninguna voz.
Solo silencio.
Pero un silencio lleno,
como un aliento contenido.«Este libro está vacío», dijo Elisa, sorprendida.
«Aún no escrito», corrigió Leopoldo.
«Ni siquiera soñado. Todavía no.
Espera a alguien que encuentre el coraje
de imaginarlo.»
Se volvió hacia ella,
y sus ojos brillaron
como las velas que flotaban alrededor.
«Quizás te espera a ti.
Quizás espera a alguien más.
Pero espera.»
• • •
Elisa se quedó quieta,
mirando aquel libro blanco.
Y comprendió.
Comprendió que cada historia que había imaginado,
cada aventura inventada antes de dormir,
cada sueño que creía perdido al despertar,
existía en algún lugar.
Y comprendió algo más.
Que no hay que tener miedo de escribir.
Porque las historias ya existen —en el corazón, en la mente, en los sueños.
Ponerlas en papel
no es crearlas de la nada.
Es solo abrir una puerta
y dejarlas salir.
• • •
«Tengo que irme, ¿verdad?», dijo Elisa, bajito.
Leopoldo sonrió.
«Tu mundo te espera.
Pero ahora sabes que este lugar existe.
Y sabes que cada historia que sueñes
siempre tendrá un lugar aquí,
la escribas o no.»
Hizo una pausa.
«Pero si la escribes», añadió con una sonrisa pícara,
«podrá vivir también allá afuera.
Y esa, mi querida, es otra magia todavía.»
• • •
Elisa se encontró de nuevo en el pasillo de la villa,
sentada en el sillón un poco grande para ella,
el libro todavía bajo el brazo.
La fiesta continuaba,voces y música y risas,
como si el tiempo nunca hubiera pasado.
Pero algo había cambiado.
Ella había cambiado.
Abrió el libro que estaba leyendo,
miró las páginas,
y sonrió.
Luego lo cerró.
Porque ahora sabía
que las historias más bellas
no son solo las que leemos.
Son las que llevamos dentro,
las que soñamos con los ojos abiertos,
y las que un día,
con un poco de coraje,
nos atrevemos a contar.
— Esta historia fue escrita por Marco Ciappelli para "Storie Sotto Le Stelle"
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